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Desdicha

—¿A quién echarle la culpa de esta terrible situación? ¿A los dioses? ¿A mis padres? . . . Yo no puedo saberlo. Sin embargo, lo cierto es que esta incertidumbre me tortura, me mata. Y lo peor del caso es que pasan los años. . . y ¡nada! ¡ni la mujer, ni la yegua! ¡Qué horrible es ser, centauro!